El editor: ¿amigo o enemigo del escritor?

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El rol que juega el editor como acompañante del escritor en el proceso de publicación ha sido, en la historia contemporánea de las casas editoriales, un tema controvertido. Aún peor, el editor se encuentra estigmatizado como “la goma de borrar” del escritor o el villano que descalifica la obra del escritor sin piedad alguna.

Por todos lados encontramos hasta caricaturas que muestran al editor como el villano que tacha, borra, reemplaza, modifica y critica severamente una obra, haciendo pedazos el ánimo del escritor.

La autoría, los editores lo tenemos muy claro, es un bien privado derivada de un proceso creativo, que utiliza como herramienta, y materia prima de expresión, el lenguaje literario propio y personal de cada autor. Sin embargo, es cierto que es la mancuerna fondo-forma la que da validez a la propuesta literaria y prestigio al escritor.

En este sentido es que el editor puede ser concebido como un aliado del escritor, jugando un papel de guía, más que de juez, para hacer que la obra luzca todo su “temperamento literario”. Para ello, el editor se incorpora al proceso creativo del personaje que construye el escritor, dentro de su universo narrativo.

Dicho de otra manera, el editor será quien, desde su perspectiva profesional, ajena y distante del universo sensorial que vive el escritor, podrá contribuir en la detección de mejoras para enriquecer todos los niveles y elementos del relato. Además de aportar en la acción semántica y semiótica del discurso narrativo. Incluso, el editor puede acompañar al escritor en momentos de bloqueo para impulsarlo a encontrar de nuevo el camino de la escritura estructurada y fluida.

Ahora bien, un vez descritos los principales beneficios prácticos con que cuenta la participación de un editor en la obra, se debe trascender del fondo a la forma de ésta. En este sentido, es el editor quien logrará que el público tenga entre sus manos un ejemplar impreso con las medidas más adecuadas para su manejo o con el tipo y tamaño de la letra más legibles, teniendo en consideración siempre el público al que está dirigida la obra.

Siguiendo este camino, el escritor encontrará en su editor un aliado más que un enemigo al cual convencer de la validez de su obra.

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